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Las olas de calor mataron a miles este verano y la cifra sigue subiendo

Por la redacción de HotNews3 min de lectura
Las olas de calor mataron a miles este verano y la cifra sigue subiendo

El calor extremo se ha convertido en una de las formas de clima más letales, y las cifras de este verano lo demuestran sin rodeos. Durante una ola de calor en junio en Inglaterra, la Agencia de Seguridad Sanitaria del Reino Unido estimó unas 2.124 muertes relacionadas con el calor en una sola semana. Entre mayo y agosto, Francia atravesó tres olas de calor distintas que en conjunto se vincularon a casi 8.000 muertes en exceso.

El costo humano se manifiesta en pequeños momentos cotidianos. El 20 de julio en la prefectura de Niigata, Japón, un hombre de 44 años se desplomó en la calle, perdió el conocimiento y luego falleció en el hospital; las autoridades locales lo registraron como la primera muerte por golpe de calor del año en la zona. El 26 de junio en París, el termómetro de una farmacia marcaba 44 °C a las 17:28, una lectura que refleja cómo el calor transforma el ritmo diario de una ciudad.

Lo que distingue al calor de otros desastres es su invisibilidad. No hay viento que observar, ni agua de inundación de la que huir. Las muertes se acumulan silenciosamente entre personas mayores, trabajadores al aire libre, personas con afecciones cardíacas o pulmonares y quienes no tienen aire acondicionado. Los investigadores suelen describirlo como mortalidad en exceso: la diferencia entre el número de muertes registradas y el que normalmente se esperaría para esa época del año.

El patrón es global. Los récords de calor se han batido repetidamente en los últimos años, y se espera que un fuerte evento de El Niño este año empuje las temperaturas aún más. El Niño es un calentamiento periódico del océano Pacífico tropical que altera los patrones meteorológicos en todo el mundo, a menudo elevando las temperaturas medias y amplificando los extremos.

Las ciudades son donde se concentra el riesgo. El hormigón y el asfalto absorben calor durante el día y lo liberan por la noche, creando islas de calor urbanas donde barrios separados por pocos kilómetros pueden diferir drásticamente. La misma ola de calor que resulta incómoda en un distrito arbolado puede ser letal en uno denso con poca sombra y escasos espacios públicos refrigerados.

La adaptación es en parte técnica y en parte social. Los sistemas de alerta temprana, los centros de refrigeración, los horarios de trabajo ajustados, la plantación de árboles y las viviendas mejor aisladas reducen las muertes, y varios países europeos atribuyen a estas medidas el haber mantenido las cifras por debajo de las de décadas pasadas. Pero las cifras de este verano sugieren que el margen de seguridad es estrecho, especialmente para las poblaciones envejecidas.

Para los lectores globales, la lección práctica es que las muertes por calor no son inevitables. Se concentran en lugares predecibles y entre grupos predecibles. La cuestión es si las ciudades tratan el calor extremo como una emergencia de salud pública con presupuesto y plan, o como una molestia estacional.

La señal a seguir son los informes de mortalidad en exceso del próximo verano. Si las mismas regiones registran cifras similares a pesar de las advertencias y las medidas de refrigeración, significará que la adaptación no sigue el ritmo del clima. Si la cifra baja, demostrará que la preparación funciona.

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