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Los nuevos dramas familiares chinos preguntan quién paga por el amor

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Los nuevos dramas familiares chinos preguntan quién paga por el amor

Los cines chinos este septiembre han estado inusualmente tranquilos para un mes conocido por sus taquillazos, pero una pequeña película no ha dejado de atraer multitudes y discusiones. Burning Dad (燃烧吧!爸爸), estrenada el 5 de septiembre, sigue a Gu Liyan, una estudiante de Shanghái interpretada por Wen Qi, que está a punto de graduarse y buscar trabajo cuando su padre sufre un accidente grave. El título suena a drama deportivo apasionado, pero el público pronto descubre que lo de “arder” es literal: la película utiliza el fuego y la destrucción física como metáfora de cómo la costumbre de una familia de sacrificarse mutuamente puede consumir a las personas que hay dentro de ella.

Esa metáfora ha llegado en un momento en que el público chino parece ansioso por repensar el pacto familiar. Durante generaciones, el hijo ideal era el que renunciaba a un sueño para cuidar de un progenitor, y el padre ideal era el que lo sacrificaba todo por un hijo. Los funerales exigían un dolor visible, las bodas exigían una alegría visible, y la lealtad se medía por lo que uno estaba dispuesto a perder. La película pregunta qué ocurre cuando todos representan la devoción con tal intensidad que nadie se da cuenta de lo que realmente necesita.

Un segundo acontecimiento cultural de este mes ha profundizado la conversación. Jing Yidan, una de las presentadoras más reconocibles de la televisión china, murió en septiembre tras sufrir una hemorragia cerebral en Harbin en junio y recibir tratamiento en Pekín durante casi tres meses. Su hija anunció la noticia en la cuenta de WeChat de Jing, describiendo la sinceridad, la claridad y la obstinación de su madre. Durante décadas, Jing fue una presencia serena y pausada en CCTV, una voz asociada con una era más lenta y reflexiva de la radiodifusión. Muchos espectadores chinos respondieron recordando cómo la televisión invitaba antaño a las familias a sentarse juntas en silencio, en lugar de discutir alrededor de una mesa.

Tomados en conjunto, la película y el duelo por Jing apuntan a algo menos visible que las cifras de taquilla: un cambio en la forma en que los chinos hablan de las obligaciones. En las redes sociales, los espectadores más jóvenes han estado publicando sobre la presión de llamar a casa, de enviar dinero, de ser agradecidos de la manera esperada. Los comentaristas mayores suelen responder que el sacrificio no es una carga, sino un lenguaje del amor. Ninguno de los dos bandos tiene simplemente razón, y por eso la película se ha convertido en una conversación en lugar de un veredicto.

Los estudiosos de la vida familiar china señalan que la urbanización, los hogares más pequeños y las jornadas laborales más largas han cambiado la aritmética de los cuidados. En una ciudad como Shanghái, donde se ambienta la película, un hijo adulto único puede ser la única persona disponible para gestionar la atención médica, la vivienda y las finanzas de un progenitor que envejece. Esa realidad práctica hace que el viejo lenguaje de la devoción se sienta a la vez necesario y asfixiante, especialmente cuando una carrera profesional acaba de empezar.

La película no ofrece una solución ordenada. Sus personajes discuten, fracasan y de vez en cuando se sorprenden unos a otros, y el final deja espacio para la ambivalencia. Esa contención puede ser la razón por la que ha trascendido los círculos de arte y ensayo para entrar en la conversación cotidiana. Varios espectadores dijeron que lo más radical de la película no era el fuego, sino la sugerencia de que una familia puede sobrevivir sin que nadie sea sacrificado.

En una cultura que a menudo mide el amor por lo que cuesta, esa es una idea genuinamente nueva. Si cambia el comportamiento es otra cuestión, pero el hecho de que tantas personas lo debatan sugiere que la respuesta ya no se da por sentada.